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¿Nadie nos enseña a ser padres? El valor de nuestra propia historia

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¿Cuántas veces has escuchado eso de que «los niños no vienen con un manual de instrucciones» o que «nadie nos prepara para ser padres»? Es una frase típica que casi todos hemos dicho o pensado alguna vez. Parece que, con cada cambio generacional, nos enfrentamos a un reto completamente nuevo para el que nos falta entrenamiento.

Sin embargo, si nos paramos a pensar un momento, nos daremos cuenta de que no empezamos este viaje desde cero.

Nuestra primera escuela: el propio hogar

La realidad es que la gran mayoría de nosotros hemos crecido dentro de una familia. Sin apenas ser conscientes, hemos sido testigos de cómo funcionaban nuestros padres, cómo se relacionaban entre ellos, cómo nos trataban a nosotros o cómo gestionaban los conflictos con nuestros hermanos.

A través de esa vivencia como hijos —con todas las virtudes y defectos que pueda tener cualquier familia—, todos hemos aprendido «estilos»:

  • Estilos emocionales: Nuestra forma de reaccionar afectivamente está muy mediada por lo que vimos en casa.
  • Valores y principios: Esos criterios que nos dicen qué está bien y qué está mal.
  • Comportamientos y tradiciones: Desde la manera en que celebramos las alegrías hasta cómo priorizamos nuestras acciones en el día a día.

Ir a una conferencia o escuchar a un experto está muy bien, nos da teoría. Pero la teoría no es suficiente. Es como saberse de memoria los ingredientes de una receta de croquetas: que te los sepas no significa que, al ponerte en la cocina, te vayan a salir perfectas. Lo que realmente nos marca en profundidad es la experiencia vivida.

La importancia de reflexionar sobre lo vivido

Nuestras vivencias pasadas no siempre son 100% positivas; todos arrastramos luces y sombras. Por eso, el paso más importante que podemos dar al prepararnos para la paternidad es hacer una reflexión profunda sobre nuestra propia historia.

Reflexionar nos permite:

  1. Reconocer lo bueno: Identificar aquellas dinámicas positivas de nuestros padres que queremos replicar y mantener con nuestros propios hijos.
  2. Modificar lo que no funcionaba: Ser conscientes de los errores o aspectos negativos para no reproducirlos de generación en generación.

Lo mejor de este ejercicio es que es «muy económico» (¡no siempre requiere de un psicólogo!). Muchas veces este aprendizaje surge de forma natural cuando compartimos confidencias con nuestra pareja o con amigos, comparando experiencias y extrayendo una valiosa sabiduría colectiva.

¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

En la inmensa mayoría de los casos, los padres somos capaces de resolver los problemas y adaptarnos por nosotros mismos. Sin embargo, si tras varios intentos intentando abordar una situación con nuestros hijos vemos que las cosas no mejoran o nos sentimos «atascados», ese es el momento clave para acudir a un profesional que nos oriente y nos ayude a desatascar el camino.

Aprender a ser padres es un proceso continuo que se nutre de nuestro pasado, se moldea en el presente y, sobre todo, se enriquece cuando lo compartimos con los demás.

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