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¿Qué hemos hecho para nacer? Una invitación a disfrutar el regalo de la vida

Hay preguntas que, a primera vista, pueden sonar un poco filosóficas o abstractas. Una de ellas es la que nos planteaba Diego Velicia en nuestra última sección de «En familia»: ¿Qué hicimos nosotros para nacer? Si nos paramos a pensarlo un momento, la respuesta llega de forma casi inmediata: nada. Ninguno de nosotros está aquí por haber tomado una decisión consciente, por ser especialmente inteligente o por haber acumulado méritos propios para «ganarse» la existencia. Simplemente, nacimos sin decidirlo. La vida se nos ha dado como un regalo completamente inmerecido.

Aprender a recibir el regalo

Cuando alguien aparece un día cualquiera con un detalle inesperado —sin que sea tu cumpleaños, Navidad o una fecha especial—, la reacción natural no es cuestionarlo, sino alegrarse y disfrutarlo. Con la vida pasa lo mismo. Reconocer que nuestra existencia es un don nos lleva a una consecuencia trascendental: estamos llamados a disfrutar de ella.

Si echamos la vista atrás, la época de nuestra vida que más asociamos con el disfrute puro es la infancia. Los niños juegan de forma inmersiva, ajenos a las responsabilidades que llegan con la edad adulta. Aunque es cierto que no todas las infancias son idénticas ni perfectas, por lo general es la etapa donde el placer y el juego fluyen sin necesidad de justificación. De alguna manera, integrar en nuestro día a día la verdad de que la vida es un regalo nos invita a recuperar un trocito de esa actitud.

Disfrutar en las pequeñas cosas de cada día

A veces asociamos «disfrutar» con grandes logros o experiencias extraordinarias: terminar una tarea difícil, recibir un premio o resolver un problema complejo. Eso está muy bien y genera satisfacción, pero suele estar más ligado al reconocimiento de una competencia personal.

El verdadero disfrute de la vida, del que hablábamos esta semana, tiene más que ver con conectarse con los pequeños e inesperados detalles cotidianos. En estos días grises, lluviosos y fríos, ¿qué se siente al entrar en un lugar cálido y refugiarse del viento? Se trata de aprender a apreciarlo: notar el momento, percibirlo con los sentidos y alegrarse por ello. Puede ser encontrarte con alguien por la calle que te saluda con una sonrisa, sentarte un momento en la acera donde justo da un rayo de sol, o elegir tu sabor de helado favorito sabiendo que el disfrute es algo profundamente personal.

¿Y qué pasa con las preocupaciones?

Es completamente normal que el oyente o el lector se pregunte: «Muy bien, pero ¿qué hago con los problemas reales que me quitan el sueño?» Es importante aclarar que conectar con el disfrute no significa distraerse o huir de las preocupaciones. Para evadirnos ya usamos a menudo las pantallas, las series o las redes sociales. Aquí estamos hablando de algo distinto: de estar presentes.

Muchas personas han disfrutado o jugado muy poco en sus vidas por diversas circunstancias o vivencias difíciles. Retomar la experiencia de descubrir cada día un pequeño momento de placer —incluso algo muy físico y sencillo— es un camino de sanación y bienestar. No se trata de buscar placeres permanentes de forma caprichosa, sino de detenerse unos instantes, dejarse tocar por una experiencia positiva y, sencillamente, agradecer.

Ya que no hemos hecho nada para ganar este viaje, ¿qué tal si empezamos hoy mismo a disfrutarlo un poco más?

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