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¿Vives en tu relación o en tus expectativas?

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A menudo, cuando iniciamos una relación, no caminamos solos; llevamos con nosotros una «mochila» invisible llena de expectativas. Como bien explica Diego Velicia en nuestra sección de esta semana, estas expectativas actúan como el metro con el que medimos nuestra realidad: comparamos constantemente lo que tenemos con lo que esperábamos conseguir.

¿De dónde vienen estas ideas?

No surgen de la nada. Diego nos ayuda a identificar tres fuentes principales:

  1. Nuestra historia familiar: Lo que vivimos en casa de nuestros padres, ya sea para intentar imitarlo o para alejarnos radicalmente de ello.
  2. Modelos sociales: Lo que consumimos en series, películas o incluso los mensajes que recibimos de la sociedad y la Iglesia.
  3. Relaciones previas: Experiencias pasadas que dejan huella y condicionan lo que esperamos del presente.

El choque con la realidad

El problema no es tener expectativas (es algo inevitable), sino cuando estas se vuelven rígidas. En el mejor de los casos, nuestra pareja cumplirá algunas; en el peor, sentiremos la frustración de que «no encaja» en nuestro molde.

A veces, como niños intentando encajar una pieza cuadrada en un hueco redondo, forzamos al otro para que se adapte a nuestra idea idealizada. Esto solo lleva al cansancio o a ver al otro como una «carga» en lugar de como un compañero.

La clave: Recibir al otro tal como es

La propuesta que hoy os lanzamos es la de la revisión. Amar implica un ejercicio de aceptación y, sobre todo, de recibir. Como se dice en el rito del matrimonio: «Yo te recibo a ti». Recibir significa aceptar los límites del otro y renunciar a las partes irreales de nuestro ideal.

Al final, el camino hacia una relación sana pasa por entender que el ajuste no siempre debe hacerlo el otro; a menudo, somos nosotros quienes debemos ajustar nuestra mirada para ver la belleza de la persona real que tenemos delante.

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