A menudo, como padres, caemos en la «trampa del sermón». Tenemos tantas ganas de que nuestros hijos aprendan, que nos adelantamos a darles todas las respuestas antes de que ellos siquiera se hayan planteado la pregunta. El problema es que, cuando lanzamos una respuesta a alguien que no tiene curiosidad, nuestra semilla cae en un terreno estéril.
¿Cómo podemos preparar ese terreno para que sea fértil y florezca la reflexión? Diego Velicia nos propone una hoja de ruta sencilla pero profunda, basada en tres pasos fundamentales que podemos empezar a practicar hoy mismo en casa:
La Sorpresa: El interruptor de la atención
Vivimos en un mundo lleno de ruido (como esa lavadora centrifugando o el extractor de la cocina a tope). Para que un niño se detenga a mirar algo, necesita un estímulo que rompa la rutina. Sorprendernos nosotros mismos ante la realidad es el primer paso para captar su atención y dirigirla hacia lo que importa.
La Atención: El valor de saber esperar
Una vez captada la sorpresa, el reto es mantenerla. Esto requiere voluntad y, sobre todo, educar en la paciencia. En un mundo de gratificación instantánea, enseñar a nuestros hijos a tolerar la frustración y a saber esperar es la clave para que su interés no se desvanezca al primer segundo.
La Capacidad de hacerse preguntas
Este es el destino final. Cuando logramos que un hijo se pregunte «¿Por qué pasa esto?» o «¿Cómo podría haber reaccionado de otra forma?», hemos ganado la partida. Pero ojo: para que ellos pregunten, primero deben vernos a nosotros hacernos preguntas. No les des la solución masticada; dales la oportunidad de que ellos encuentren su propia respuesta.
Reflexionar con ellos no es dar una lección magistral, sino acompañarlos a descubrir el mundo con ojos nuevos. ¡Hagamos que su curiosidad no tenga techo!
