Es una creencia muy extendida en nuestra sociedad: para que un niño crezca con una autoestima fuerte, hay que elogiarlo constantemente. Sin embargo, esta semana, en el espacio de COPE Valladolid «En Familia», Diego Velicia, psicólogo del COF diocesano de Valladolid, nos invita a reflexionar bajo una premisa clara: «No nos pasemos con el elogio».
Los riesgos de un elogio desproporcionado
Cuando alabamos a un niño por algo que realmente no ha salido bien —como una pieza musical mal ejecutada o un examen suspendido—, podemos generar efectos negativos inesperados:
- Pérdida de credibilidad: Si el niño es consciente de su error y nosotros le decimos que lo ha hecho genial, el adulto pierde autoridad. El niño puede pensar que sus padres no se enteran o que le están engañando.
- Freno al aprendizaje: Si el niño cree que ya lo hace todo bien, su margen y motivación para mejorar disminuyen drásticamente.
La verdadera base de la autoestima
Diego Velicia aclara que la autoestima no depende tanto del elogio externo, sino de la conciencia de las propias capacidades y limitaciones. Una autoestima sana es aquella que permite al niño reconocer qué sabe hacer, en qué debe esforzarse más y cómo puede afrontar sus retos mediante la disciplina y el entrenamiento.
Del «¡Muy bien!» a la pregunta constructiva
¿Cómo podemos sustituir ese elogio automático y generalizado? La clave está en poner el foco en el progreso y el esfuerzo concreto:
- Hacer preguntas específicas: En lugar de un «qué bien te ha salido», podemos preguntar: «¿Cómo has hecho para que esta vez te salga mejor que la anterior?».
- Fomentar la autoevaluación: Es fundamental preguntarles: «¿Tú cómo te ves? ¿Qué te ha parecido cómo lo has hecho?». Esto permite que el niño parta de su propia revisión de la experiencia.
Mientras que de los abuelos se espera un cariño más desmedido, los hijos esperan de sus padres una aportación más concreta que les ayude a crecer y a conocerse de forma realista.
