A menudo escuchamos mensajes contradictorios sobre nuestras emociones. Por un lado, la corriente que nos invita a «endiosarlas»: esa idea de que debemos seguir ciegamente al corazón, sin reprimir nada, como si nuestros impulsos fueran la única brújula válida para tomar decisiones. Por otro, nos topamos con quienes prefieren «endemoniarlas», viéndolas como algo peligroso que nos hace actuar sin razón y que, por tanto, debemos mantener bajo sospecha.
¿Cuál es el problema de estos extremos?
Si tratamos al sentimiento como a un dios, acabamos tomando decisiones irracionales llevados solo por el impulso, lo que suele terminar en error. Pero si lo tratamos como a un demonio y lo reprimimos, estamos negando una parte esencial de nuestra propia humanidad y de nuestra vivencia afectiva.
El sentimiento como síntoma
Diego nos propone una tercera vía muy reveladora: entender el sentimiento como la fiebre. Cuando tenemos fiebre, no es algo que simplemente haya que «combatir» para que desaparezca, sino que es un síntoma que nos avisa de que algo ocurre en nuestro organismo.
Del mismo modo, las emociones son una primera forma de razón. Nos dan información valiosa sobre lo que nos pasa y cómo reaccionamos ante el entorno. Aunque el «vehículo» sea desagradable —como el asco, el miedo o la ira—, la información que transportan es necesaria para conocernos mejor.
Sentir no es consentir
Es fundamental distinguir entre lo que sentimos y lo que decidimos hacer con ello. Sentirse enfadado no es algo «malo» moralmente; es una reacción a una situación. Lo que sí depende de nuestra voluntad y responsabilidad es si, por ejemplo, decidimos agredir a alguien a causa de ese enfado.
Aprender a escucharnos, sin juzgar la emoción pero sin dejarnos gobernar por ella, es un trabajo para toda la vida que nos permite adaptarnos mejor a la realidad y crecer como personas.
